Ella tenía una armonía en
su mira, una luz llena de jovialidad, jovialidad que yo ya había perdido antes de cumplir los diez y seis años. Sonreía, pasaba su mano lentamente por su pecho, después la
subía a su barbilla y tomaba una pose pensativa, como si ya supiera todo lo que saldría de mi rancia
boca. A veces dejabamos que el incidente se apoderara de mi
mano para tocar sus dedos, el anillo de
piedra azul; después la quitaba, después no, después solo compartíamos miradas.
Terminé en la cama con
ella, no supe cómo ni por qué. Le eché la culpa a mi buena suerte, terminé culpando a Dios y al mesero que tardó demasiado en traer la cuenta. Platicamos de otros tiempos y otras
personas, como si los hubiéramos vivido, como si los conociéramos. Da igual, al final quedé enredada en su
cuerpo. Era delirante su manera de
tocarme y besarme, de pronunciar mi nombre con voz tenue, de darme una cátedra
sobre cómo tocar su cuerpo, como le gustaba y la manera en que debía moverme,
como si al final importara. Su cara de
asombro cuando me miró desnuda la hizo titubear un poco, pensé que se desmoronaría en cada beso, me hubiera encantado que eso pasara, más me hubiera encantado
saber que pasaba por su mente cuando cerró los ojos. Inmóvil, bajó la cabeza por un delicado momento, después recobró su postura galante, su indiferencia
fingida.
A la mañana siguiente el único
sabor que tenía en la boca era el de ella. Quedé inmersa en la culpa y los
estragos de una noche prohibida e irrepetible. Me dio nostalgia la idea de que jamás la iba volver a ver, pero
al mismo tiempo lo agradecí: “Así te quitas de problemas” “si se enteran qué
más da, ya estarán lejos” me decía para tranquilizarme las culpas.
Tomé mi vestido y lo tiré
a la basura, olía a ella. Tomé un pantalones de los que había en el cesto de la ropa sin
planchar. Eran inmensos, no recordaba cuanto había crecido. Apenas recordaba el instante en el que lo tuve entre mis brazos
por primera vez, y me dijeron “es un varón, y es hermoso como tú” mi hermoso niño, pensé. Mira, hasta donde ha llegado
la estupidez. Mírame.
Me puse su pantalón y la blusa favorita de ella. Salí sin despedirme, sin decir adiós o buena suerte. Yo había
cumplido “la despedida” “la última vez” ella debía cumplir con su “no me volverás
a ver” “ya no quiero hacerles daño”. Cuando
llegué a la casa, ahí estaba él, sentado en la mesa, tomando café en la taza que
era de papá: “¿Estuvo buena la fiesta Berenice?” Me preguntó. “buenísima-le contesté- casi
como este café” mientras sorbía un poco
del café negro de su tasa. Él sonreía con ingenuidad mientras me interrogaba:
"¿cómo la viste, crees que ahora que se despejó estará mejor?” "creo que necesita mucho amor-le contesté- necesita sentirse imporante, como todos" sin mirarlo, casi indiferente.
Mientras él sopeaba un pan duro en el café, levantó su mirada hacia mí, y me dijo: "esa blusa te queda perfecta, hasta te parece a ella" "gracias-le dije- tú te parece a papá bebiendo café y leyendo el períodico" lo vi esbosar una sonrisa luminosa, mientras orgulloso, imitaba en gestos y poses a papá. "¿Me vas a ir a despedir? sería terrible que no me despidieras”. "Te voy a ir a despedir hermano, aunque me duela, aunque llore, aunque llore y creas que es por tu partida, aunque tenga que verla diciéndome adiós entre tus brazos, iré". Esa era la respuesta que había ensayado durante el camino a casa. Simplemente le contesté con un: "sí"
"¿cómo la viste, crees que ahora que se despejó estará mejor?” "creo que necesita mucho amor-le contesté- necesita sentirse imporante, como todos" sin mirarlo, casi indiferente.
Mientras él sopeaba un pan duro en el café, levantó su mirada hacia mí, y me dijo: "esa blusa te queda perfecta, hasta te parece a ella" "gracias-le dije- tú te parece a papá bebiendo café y leyendo el períodico" lo vi esbosar una sonrisa luminosa, mientras orgulloso, imitaba en gestos y poses a papá. "¿Me vas a ir a despedir? sería terrible que no me despidieras”. "Te voy a ir a despedir hermano, aunque me duela, aunque llore, aunque llore y creas que es por tu partida, aunque tenga que verla diciéndome adiós entre tus brazos, iré". Esa era la respuesta que había ensayado durante el camino a casa. Simplemente le contesté con un: "sí"
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