miércoles, 30 de mayo de 2012

(Te lo) cuento breve.


Ella tenía una armonía en su mira, una luz llena de jovialidad, jovialidad que yo ya había  perdido antes de cumplir los diez y seis años. Sonreía, pasaba su mano lentamente por su pecho, después la subía a su barbilla y tomaba una pose pensativa, como  si ya supiera todo lo que saldría de mi rancia boca.  A veces  dejabamos que el incidente se apoderara de mi mano  para tocar sus dedos, el anillo de piedra azul; después la quitaba, después no, después solo compartíamos miradas.
Terminé en la cama con ella, no supe cómo ni por qué. Le eché la culpa a mi buena suerte,  terminé culpando a Dios y al mesero que tardó demasiado en traer la cuenta. Platicamos de otros tiempos y  otras personas, como si los hubiéramos vivido, como si los conociéramos.  Da igual, al final quedé enredada en su cuerpo.  Era delirante su manera de tocarme y besarme, de pronunciar mi nombre con voz tenue, de darme una cátedra sobre cómo tocar su cuerpo, como le gustaba y la manera en que debía moverme, como si al final importara.  Su cara de asombro cuando me miró desnuda la hizo titubear un poco, pensé que se desmoronaría en cada beso, me hubiera encantado que eso pasara, más me hubiera encantado saber que pasaba por su mente cuando cerró los ojos. Inmóvil,  bajó la cabeza por un delicado momento,  después recobró su postura galante, su indiferencia  fingida.
A la mañana siguiente el único sabor que tenía en la boca era el de ella. Quedé inmersa en la culpa y los estragos de una noche prohibida e irrepetible. Me dio nostalgia  la idea de que jamás la iba volver a ver, pero al mismo tiempo lo agradecí: “Así te quitas de problemas” “si se enteran qué más da, ya estarán lejos” me decía para tranquilizarme las culpas.

Tomé mi vestido y lo tiré a la basura, olía a ella. Tomé un pantalones de los que había en el cesto de la ropa sin planchar. Eran inmensos, no recordaba cuanto había crecido.  Apenas recordaba el  instante en el que lo tuve entre mis brazos por primera vez, y me dijeron “es un varón, y es hermoso como tú”   mi hermoso niño, pensé. Mira, hasta donde ha llegado la estupidez. Mírame.
Me puse  su pantalón y la blusa favorita de ella. Salí sin despedirme, sin decir adiós o buena suerte. Yo había cumplido “la despedida” “la última vez” ella debía cumplir con su “no me volverás a ver” “ya no quiero hacerles daño”.  Cuando llegué a la casa, ahí estaba él, sentado en la mesa, tomando café en la taza que era de papá: “¿Estuvo buena la fiesta Berenice?”  Me preguntó. “buenísima-le contesté- casi como este café”  mientras sorbía un poco del café negro de su tasa. Él sonreía con ingenuidad mientras me interrogaba:
"¿cómo la viste, crees que ahora que se despejó estará mejor?” "creo que necesita mucho amor-le contesté- necesita sentirse imporante, como todos" sin mirarlo, casi indiferente


Mientras él sopeaba un pan  duro en el café, levantó su mirada hacia mí, y me dijo: "esa blusa te queda perfecta, hasta te parece a ella" "gracias-le dije- tú te parece a papá bebiendo café y leyendo el períodico" lo vi esbosar una sonrisa luminosa, mientras orgulloso, imitaba en gestos y poses a papá. "¿Me vas a ir a despedir? sería terrible que no me despidieras”. "Te voy a ir a despedir hermano, aunque me duela, aunque llore, aunque llore  y creas que es por tu partida, aunque tenga que verla diciéndome adiós entre tus brazos, iré".  Esa  era la respuesta que había ensayado durante el camino a casa. Simplemente le contesté con un: "sí"

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