Ella todo lo sabe madre, ella sabe cuando el invierno está a
punto de terminar. Lo sabe pero no lo dice, prefiere observarme mientras
comienzo a deducirlo: los cambios
abruptos del clima, las aves muertas en
el patio, el eclipse solar, el día pañoso del mes más cálido ¿por qué? Le pregunto y no contesta, se limita a la
sonrisa efímera.
Ella me mira la intranquilidad en los ojos, cuando empieza a
granizar en el mes de mayo. Ella sabe el motivo por el cual los cerros se desmoronan, pero me deja llegar hasta el fatalismo; por diversión, por amor a mi inocencia, qué se yo madre.
Ella espera paciente a que mis hipótesis salgan como mariposas por mi gran boca, todas erróneas,a veces hasta lastimosas. Es mi maldición madre, nunca puedo callarme las cosas, hablo tanto y tanto que a veces siento que en cualquier momento saltará por la ventana, pero no. Y la observo, la observo recostada sobre mi brazo, miro como contempla mi barbilla y mis pómulos, siento una caricia tierna que sube por mi vientre hasta mi cara, nunca da motivos, nunca me explica las caricias ni los besos. Siempre con un gesto de interés que me da confianza; mi boca expulsa razón, y ella trata de darle sentido, miro como se esfuerza para analizar mi discurso tan poco elocuente, mis palabras vanas. Le digo que el cielo tiene un color verde este día, me dice que probablemente ya existen más bosques que mar, y el verde de los bosques ahora se refleja en el cielo. Pongo “s” intencionales al final de cada palabra y afirma, no corrige, escucha. Mi lengua se traba y no se burla, espera paciente a que recobre el sentido. Clava sus pequeños ojos en cada uno de mis rasgos. A veces se burla de la negrura de mi piel, al contraste de la blancura de mis dientes. Ella me conoce madre, me conoce como nadie, me sabe tanto que mentirle ya no puedo. A veces mejor ni lo intento, trato de ser sincera y no hace cosas malas. Enserio madre, enserio que lo intento.
Ella espera paciente a que mis hipótesis salgan como mariposas por mi gran boca, todas erróneas,a veces hasta lastimosas. Es mi maldición madre, nunca puedo callarme las cosas, hablo tanto y tanto que a veces siento que en cualquier momento saltará por la ventana, pero no. Y la observo, la observo recostada sobre mi brazo, miro como contempla mi barbilla y mis pómulos, siento una caricia tierna que sube por mi vientre hasta mi cara, nunca da motivos, nunca me explica las caricias ni los besos. Siempre con un gesto de interés que me da confianza; mi boca expulsa razón, y ella trata de darle sentido, miro como se esfuerza para analizar mi discurso tan poco elocuente, mis palabras vanas. Le digo que el cielo tiene un color verde este día, me dice que probablemente ya existen más bosques que mar, y el verde de los bosques ahora se refleja en el cielo. Pongo “s” intencionales al final de cada palabra y afirma, no corrige, escucha. Mi lengua se traba y no se burla, espera paciente a que recobre el sentido. Clava sus pequeños ojos en cada uno de mis rasgos. A veces se burla de la negrura de mi piel, al contraste de la blancura de mis dientes. Ella me conoce madre, me conoce como nadie, me sabe tanto que mentirle ya no puedo. A veces mejor ni lo intento, trato de ser sincera y no hace cosas malas. Enserio madre, enserio que lo intento.
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