jueves, 2 de agosto de 2012

Canción de Julieta y Ramona

Julieta y Ramona eran amigas,
la gente las veía, ¡ay! cómo las veía.
La gente las veía porque eran amigas.
Cuando ellas se besaban, la gente
las miraba y les decía, ¡ay cuantas cosas les decían!
Cuando Julieta y Ramona se besaban
La gente las miraba, la gente las señalaban  y no las querían
No las querían y las miraban.
Cuando ellas se besaban. La gente se enojaba.
La gente las miraba y
las señalaba.
No las querían y las miraban;
  a Julieta y a Ramona la gente las odiaba. Porque eran amigas
y aun así, se besaban.

jueves, 12 de julio de 2012


Hoy no quiere amanecer;
Y de inmediato pienso en ti; 
tus ojos ya deambulan por los subsuelo de lo abismal
ya es otra noche, otra noche sin un amanecer; de soledad, de ausencia
de una ausencia material, pero espiritualmente
inefable.

Las aguas no se han teñido rojas,  el cielo,
 bendito cielo color melancolía.
Los cerros estrepitados están diáfanos de nieve
e inmóviles.
El mar guarda silencio,
 Mientras, la luna te canta una tierna canción de cuna
Las estrellas, soldados de la noche,  hace un marcha fúnebre que te aleja del sueño.
ya no duermo, tú ya no sueñas ni despierto.


Y te das cuenta, cuenta de que te aferras a lo tangible;
en un intento fallido de alejarte de lo  espiritual. De lo que en realidad eres...
Eso que te da temor ser ya...

Ya no son tantas, si no miles las noches.
 Y tus ojos resguardan la agonía de los tiempos más tristes.
Los arboles en sus copas olvidan el invierno-¿tú cuando lo harás?- me pregunto, mientras miro tus ojos cansados…

Intento tocar tus manos, mientras el mar gélido brilla extenuante
y quema, quema como las palabras crueles al alma frágil, como la tuya.

Te arrastro a los ríos, en el intento de salvarte el espíritu.
Las aguas dulces... canoras de un escenario bucólico
en donde de nuevo, somos niños, y cosas como estas no importan.
Los días pasan, los tiempos cambia, nosotros somos los mismos. Y nada, nada
de esto importa.

¿Y tus ojos, tus ojos…? ¿dónde están tus ojos?



Todo es  culpa del grisáceo cielo.
A mi amigo Rubén. 

lunes, 9 de julio de 2012

Sin pecado concebido

I
Se lo pedí, le rogué a mi madre que no lo hiciera. Le pedí que no me internara en esa escuela religiosa: La Academia de nuestras Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús. Una prestigiada academia de señoritas. Y para mí, hospital para contrarrestar perversiones, mutilar vidas, sueños y erradicar enfermedades de orientación sexual, claro. Mi madre, esotérica hasta la muerte, aún piensa que mi condición es algo divinal, un castigo que le ha caído del cielo por haber abandonado a mi abuela en un asilo y haber dejado a mi padre en banca rota después del divorcio. Ella cree que al estar cerca de Dios, podré recobrar la normalidad perdida con la que nací. Pero en realidad, ella busca que yo pagué sus platos rotos ante Dios. Eso fue lo que me dijo ella, mi compañera de habitación. Ella en realidad hace imposible la irónica solución de mi madre… A mi compañera y a mí nos gusta rezar, en verdad que nos gusta rezar juntas. Levantar las manos, levantar el cuerpo y el alma a Cristo, nuestro señor. El silencio, amamos el silencio, la tranquilidad de la iglesia, el olor, el sabor de la ostia, del vino profanado que llega a nuestras bocas, con la gracia de algunas compañeras rebeldes. Ella hace que la sangre del salvador tenga un sabor no sólo profano, sino dulcemente pagano, y desafiante para mí.

II
Es divertido hacer enojar a la Madre superiora. Las mejillas se le ponen coloradas y sus anfibios ojos se saltan, se llena de agua de río. Algunas de las chicas han cortado sus faldas tan diminutas que la distancia entre la calceta blanca y el pliegue del faldón es kilométrica. No sé si lo hacen sólo para matar a la superiora de un coma diabético o para coquetear con el joven Jardinero de la escuela. Sea cual sea la razón, yo doy gracias a Dios por ello. No entiendo por qué le molesta tanto a la superiora, si parecen santas vírgenes diáfanas flotando en el aire…- “la piel de una mujer desnuda es pecado jovencitas. Significa que su cuerpo ha sido profanado más de una vez. Eso es pecado-." nos dice la superiora. “Querrá decir putería, madre” le grita desde un extremo mi compañera.
A veces la monja loca nos castiga con golpes secos en las piernas. Nuestro verdugo, una gruesa tabla de caoba que tiene un prominente clavo en una de sus orillas “la superiora nos quiere crucificar” dice Mariela, otra de las chicas. Algunas otras le dice Pilatos y otras tantas creen que es el mismo demonio, inmerso en la inocente imagen de una monja. Para mí, sólo es una mujer frígida, que tomó malas decisiones en su vida. Deberían ver como suspira cada vez que ve al padre Joaquín. Cruza las manos como chiquilla enamorada, y hasta hace movimientos circulares con el pie mientras se le encienden las gordas y arrugadas mejillas. Le besa las manos al joven padre, con una pasión tacita y después la mete entre sus pechos. Es lo que aseguran haber visto algunas de las chicas. Pero yo no estoy segura, a veces también suspira cuando está frente a Cristo, y hace lo mismo…- Tal vez sea una loca doctrina de la antigüedad. Tal vez eso significa entregarse a Dios en cuerpo y alma-. Dice mi compañera, Gabriela. Mi compañera de cuarto, una chica hermosa, de voz fuerte, típica provinciana. Con piel morena, altura formidable y labios tan suaves, como acariciar los pétalos de las flores del claro; tan suaves y cálidos como sus manos…
Me encanta como se ve en faldón. La he mirado un par de veces en pantalones, otras tantas he tenido la fortuna de verle en calzones y sostén. Pero realmente me encanta entre los pliegues de ese puritano y repulsivo faldón negro. Parece tan santa, tan prohibida. Tan mía.

III
Adoro que se pasee sin sostén por el cuarto. Más me encanta que me pregunte “¿no lo has visto? Es rosa, con encaje” con culpabilidad evidente en los ojos; pasa diáfana un par de veces, con sus perfectas nalgas y sus caderas anchas, esperando a que suba la mirada; me atrevo a verle los pechos y le digo “no, ese no lo he visto. Tal vez en la lavandería” bajo la cabeza, río, y disimulo que sé leer la biblia.
A veces ciento que su presencia me quema, me arrojo al suelo y ella pone mi cabeza sobre sus piernas, mientras le rezo un padre nuestro. Mi cuerpo, casi inconsciente por su olor, se embriaga; me provoca succiona mis dedos. Los meto en lo más profundo de mi, tan profundo que me hace soltar un quejido. Ella me mira, y continúa recitando la oración. La biblia en sus manos comienza a quemarse. Mis deseos se queman ante su mirada.

                                                                            IV
Cada domingo, la madre superiora nos deja salir al pueblo. Dar una vuelta en bicicleta o tomar un helado. Pero a nosotras nos gusta quedarnos en la iglesia, a rezar. Rezamos en el confesionario, rezamos detrás del altar, rezamos en las capillas, rezamos, rezamos, siempre rezamos. Cuando vamos a la habitación, de nuevo nos ponemos a rezar. Yo siempre estoy de rodillas frente a una virgen: Mi virgen; me sujeta la cabeza con fuerza, y me aferra entre sus piernas repitiendo agitadamente “sin pecado concebido, sin pecado concebido ¡sin pecado concebido!” Y Rezamos, siempre estamos rezando.

V
Hoy mi madre me ha preguntado si me siento curada. Si me siento más cerca de Dios. Sonreí y le respondí: “madre, creo que nunca antes me había sentido más cerca del cielo”.






lunes, 11 de junio de 2012

A papá.

No lo recuerdo, pero estabas ahí
Contra los caballos de Apolo, entre las cristianas y funestas puertas
Del infierno.
Frente a la vida y la muerte. Ese pequeño incidente.
Pensando que la vida sin mí sería muerte, que la muerte sin mí no funcionaría.
Precario dilema es la vida. Que si la vives mueres que si no te mueres no vives.

Y pasan los años y no me atrevo,
a tomar tu mano firme a decirte a veces que te quiero
Porque ha pasado la polilla. Porque el sol quema la piel.
Por el simple hecho de que veas que también salivo, y siento.
Simplemente porque me arde la epiglotis y la faringe se  me quema.

Pero la razón es orgullosa Y a veces se niega, me ata  los caudales sensitivos
Me convierte en el gigante de hierro que tu padre era; en el gigante
injusto que aparentas ser, en el gigante que nunca he querido aceptar que soy.

¿Por qué te cuesta tanto demostrar amor? le pregunto al espejo,
admiranda del prominente seño, que también es el tuyo
carne enervada de la sangre tuya, que se revela
ante la injusticia de tu soberbia
y te admiras, y te lamentas y me-la-mento.

Me da pena tu estupidez,
tu gesto amable con aquellos que te abofetea ambas mejillas y escupe tu génesis.
Me da pena la dulzura con la que dice un “te odio” porque el “te amo” te hace llorar

En parte yo soy así.  Tan pendeja que no solo pongo las mejillas, 
pongo los pies al fuego y se me olvida qué cosa soy y  por qué 
me salvaste del infierno. Soy mal agradecida. Lo soy.

Tú crees que el mundo me pisotea, cuando me ves derrotada y 
con las alas rotas. Si vivo así es porque la vida así es 
más llevadera. Deja de reflejar tus logros
Yo nací imperfecta, también tengo otra sangre en mis venas

 A veces me gusta jugar a que soy como mamá. 
Menos oscura, más leche en miel. Pero te me sales viejo, te me sales.

Ahora lloras, porque a tu alrededor todo ha crecido, menos tú. 
Porque el tiempo no perdona y más te gustaría
que fuera la memoria la que argonauta, se perdiera entra las olas y no tú, y no yo.
Ésta vez, ya no puedes salvarme. Ésta vez ya no.

lunes, 4 de junio de 2012

Qué culpa tengo de las musas


Yo qué culpa tengo de las musas,
Qué culpa tengo yo de sus desfiles diáfanos sobre el letargo de la noche
De que me culpas si se recuestan en mi cama; recuérdalo, a las diosas no se les profana
Ellas seducen mi pensamiento, ellas son las que bailan bajo y sobre mi cuerpo.

Yo qué culpa tengo de las musas
Qué culpa tengo que usen abiertos vestidos
Que se muerdan los labios y arrojen besos de carmín
Y  entre mordidas y besos, de repente todo surge.

Yo no entiendo por qué te molestas de las musas.
Si son ellas las que besan esta pluma, si es por ella 
que a veces me tienes y no.
 Si son ellas oráculo de mi destino y de tu existencia.

 Yo qué culpa tengo de  las musas,
de que baile sobre  la melancolía de la noche
de que me besen y no, de que no se vaya
y se queden en tu cama ,en tu puesto
Mientras los papeles se revuelven sobre la cama, escribo el poema más bello.

Yo qué culpa tengo de las musas, si a veces tú ni existes
Si a veces te  miento y no eres tú. Ni  soy yo. Siempre son ellas.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Poema de las verdades.

Escribe bonito, en verdad que escribe bonito
en verdad que has crecído, en verdad, en verdad que la verdad lucha por esconderse
te juro que en verdad estos versos pretenden llegar a la verdad verdadera.
en verdad que se te ve linda, en verdad.
Mira tus ojos, en verdad están cansados
¿será que han llorado?
en verdad que no lo sé.
Mira que en verdad no eres el capricho amante, mira  la verdad que oculta tu esencia
eres perfecta, es la verdad.
y es la única verdad que yo conozco,
y eso que de verdades no sé mucho.
Siempre he creído que la mentira es más fácil.
Pero en esta verdad no miento, en verdad.
en verdad que te ves mal jugando a las mentiras,
 en verdad que lo que dices lo haces
para enojarme, para que me muerda los labios y en verdad que lo hago.
en verda que lo logras, en verdad. En verdad que estoy atrapda, es verdad que
igual y es verdad y me ahogo.
La verdad en esta mentira es la verdad de que te ama la que aun mentirosa
hace merced de un concepto tan relativo. Para decirte que en verdad, la verdad
eres tú.

(Te lo) cuento breve.


Ella tenía una armonía en su mira, una luz llena de jovialidad, jovialidad que yo ya había  perdido antes de cumplir los diez y seis años. Sonreía, pasaba su mano lentamente por su pecho, después la subía a su barbilla y tomaba una pose pensativa, como  si ya supiera todo lo que saldría de mi rancia boca.  A veces  dejabamos que el incidente se apoderara de mi mano  para tocar sus dedos, el anillo de piedra azul; después la quitaba, después no, después solo compartíamos miradas.
Terminé en la cama con ella, no supe cómo ni por qué. Le eché la culpa a mi buena suerte,  terminé culpando a Dios y al mesero que tardó demasiado en traer la cuenta. Platicamos de otros tiempos y  otras personas, como si los hubiéramos vivido, como si los conociéramos.  Da igual, al final quedé enredada en su cuerpo.  Era delirante su manera de tocarme y besarme, de pronunciar mi nombre con voz tenue, de darme una cátedra sobre cómo tocar su cuerpo, como le gustaba y la manera en que debía moverme, como si al final importara.  Su cara de asombro cuando me miró desnuda la hizo titubear un poco, pensé que se desmoronaría en cada beso, me hubiera encantado que eso pasara, más me hubiera encantado saber que pasaba por su mente cuando cerró los ojos. Inmóvil,  bajó la cabeza por un delicado momento,  después recobró su postura galante, su indiferencia  fingida.
A la mañana siguiente el único sabor que tenía en la boca era el de ella. Quedé inmersa en la culpa y los estragos de una noche prohibida e irrepetible. Me dio nostalgia  la idea de que jamás la iba volver a ver, pero al mismo tiempo lo agradecí: “Así te quitas de problemas” “si se enteran qué más da, ya estarán lejos” me decía para tranquilizarme las culpas.

Tomé mi vestido y lo tiré a la basura, olía a ella. Tomé un pantalones de los que había en el cesto de la ropa sin planchar. Eran inmensos, no recordaba cuanto había crecido.  Apenas recordaba el  instante en el que lo tuve entre mis brazos por primera vez, y me dijeron “es un varón, y es hermoso como tú”   mi hermoso niño, pensé. Mira, hasta donde ha llegado la estupidez. Mírame.
Me puse  su pantalón y la blusa favorita de ella. Salí sin despedirme, sin decir adiós o buena suerte. Yo había cumplido “la despedida” “la última vez” ella debía cumplir con su “no me volverás a ver” “ya no quiero hacerles daño”.  Cuando llegué a la casa, ahí estaba él, sentado en la mesa, tomando café en la taza que era de papá: “¿Estuvo buena la fiesta Berenice?”  Me preguntó. “buenísima-le contesté- casi como este café”  mientras sorbía un poco del café negro de su tasa. Él sonreía con ingenuidad mientras me interrogaba:
"¿cómo la viste, crees que ahora que se despejó estará mejor?” "creo que necesita mucho amor-le contesté- necesita sentirse imporante, como todos" sin mirarlo, casi indiferente


Mientras él sopeaba un pan  duro en el café, levantó su mirada hacia mí, y me dijo: "esa blusa te queda perfecta, hasta te parece a ella" "gracias-le dije- tú te parece a papá bebiendo café y leyendo el períodico" lo vi esbosar una sonrisa luminosa, mientras orgulloso, imitaba en gestos y poses a papá. "¿Me vas a ir a despedir? sería terrible que no me despidieras”. "Te voy a ir a despedir hermano, aunque me duela, aunque llore, aunque llore  y creas que es por tu partida, aunque tenga que verla diciéndome adiós entre tus brazos, iré".  Esa  era la respuesta que había ensayado durante el camino a casa. Simplemente le contesté con un: "sí"