jueves, 4 de octubre de 2012

Relatos poéticos

"De cuando Daniel"


Cuando era niña, traté de impresionar al niño bribón  compañero de mi infancia, fingiendo ser ruda, grosera y altanera como el. Algo que jamás había podido lograr. Era un chico flacucho, con ojos orientales con una cabello lacio, brillante y muy bello, y un aroma a polvo,  y a ropa guardada. Nunca lo amé, su carácter de chiquillo malcriado me lo impedían. La gente decía que mi destino era casarme con él, cuanto se equivoca.
Recuerdo cuando lo llevé  de compras con mis padres. Ellos no tenían dinero, y  pensé que es le impresionar a mi amigo, siendo malcriada y altanera con ellos.  Les ordené prácticamente  que me compraran unas papitas, de esas muy caras que vienen en un cilindro. Mis padres se negaron varias veces, hasta que lo conseguí. Pensé que se sentiría orgulloso de mi barbajanería infantil. No fue así. Me tomó del brazo y me dijo: "no está bien que le pidas cosas a tus papás si no tiene dinero para comprártelo"
Entonces aprendí que nunca terminaré de complacer a alguien
Comprendí que  no tengo que fingir algo que no soy para que me quieran
Aprendí que no siempre puedo tener todo lo que yo quiera. Y sobre todo, aprendí a no olvidar las grandes enseñanzas de la vida.





"La cebolla" 
Un día, mientras mi mamá destazaba una gran cebolla morada comenzó a llorar. Lloraba tanto y sollozaba con gran pasión, que no podía contenerse. Así que arrojó el cuchillo y se lavó fieramente las manos dos veces con limón, preocupada. Incrédula del homicidio que acababa de cometer.


"El negro y la güera"

Yo tenía dos amigos, uno negro y una güera. Ambos eran muy chiquitos. La güera era más pequeña que el negro. Ambos era primos y vivían junto a la casa de mi abuela. Jugábamos a los castillos y a los héroes en  aquel parque. Jugábamos a que nunca creceríamos y  siempre seríamos amigos; hacíamos bromas con pañales y chocolate. Tocábamos casas y dejábamos piedras exasperando a los ancianos vecinos.
La muerte repentina de su abuela terminó con nuestra amistad. A veces yo iba a preguntar por ellos, pero no había quien les diera permiso de salir. El negro tenía sangre chicana y se fue para allá, la güera aun vive en la casa de alado, pero como era muy pequeña no recuerda nuestra amistad.  Pasaba largas horas aburrida en la casa de mi abuela. Deje de ir por la ausencia de mis amigos. Ahora, después de tanto les veo y les grito "¡Negro, güera!" se dan media vuelta y me dicen "somos Leonel y Alejandra" yo sonrío cabizbaja, mientras ellos se van.


"La abuela Petra"


Nunca conocí mujer más trabajadora que mi abuela Petra
era como un hormiga, que siempre iba en busca de comida
mi abuela Petra, era maravillosa
nos daba té; té de manzanilla, de laurel,
de gordolobo y hojas secas de coca.

Nos sobaba duro y sin piedad
cuando la comida se nos pegaba al cuero
y lo tronaba y nos pasaba un huevo
para que el mal de ojo se nos alejara como si
espantara fantasmas del cuerpo.

Mi abuela Petra era increíble.
 Le gustaban los chistes raros; "estas jodida" decía,
"estás bien jodida" decía, si la mujer entre sus piernas guardaba el secreto.


Siempre sirvió a sus hijos, pero
los nietos eran primero, ¡ay como los quiso!
y había quienes no le merecían
y ella tenía abrazos y caricias aunque no lo merecían

Cargaba a todos lados, su anforita de tequila
de vez en cuando le daba un trago de pecho
y así aguantaba su vida de hormiga.

Mi abuela Petra, siempre fue terca.
Aun en su muerte  fue terca
no dejaba que la parca se la llevara;
no por temor a la muerte, sino por dejar
solos a sus hijos, y nietos.







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