El
lesbianismo, la masculinización de los cuerpos bajo el enfoque de los estudios
de género: Historia del Transvestismo[1]
femenino.
El cuerpo, es
una plataforma de significaciones donde se rescribe la “naturalidad” de los
individuos. La jerarquización dentro de
los modos de vida, han establecido ciertas características esenciales para la
mujer y para el hombre. Si bien acaso será cierto, que el ahora llamado femenismo mainstream– discurso anglosajón elitista–, sirve
como detonador de muchos cabos sueltos
que competen a los Estudios de género, también es cierto su
aspecto discriminante y subjetivo radical de este Ser Mujer. Simone de
Beauvoir ya lo dijo: “No se nace mujer,
se llega a serlo”; Joan Scott y Marta
Lamas lo reafirman cuando dicen que vivimos
al margen de lo simbólico, y citando a Scott: “Me parece entonces que el lugar
de la mujer en la vida social humana, no es producto en sentido directo, de las
cosas que hace, sino del significado que adquieren sus actividades a través de la interacción social concreta” (Scott, Género:
una categoría para el análisis histórico 22). Bourdier, nos habla
precisamente de estas condiciones “naturales” que se reinscriben a la mujer, relacionándolas con la pasividad de
las actividades, la parte femenina “como el establo, el agua y los vegetales;
es la estructura del tiempo, jornada, año agrario, o ciclo de vida, con los
momentos de ruptura, masculinos, y los largos períodos de gestación, femeninos”
(La dominación masculina 11) dejando
en claro, el génesis de esta concepción
cíclica de la mujer, condición que la inmersa en un determinado discurso
inferior.
Los estudios de género lo que hacen es,
precisamente, una apertura a reflexionar la forma de vida de todos los
individuos, y comienzan a tensar las jerarquías sociales y el orden establecido- ¿Por quién?- Podría
decirse que por aquellos que tiene el poder, pero aun así es ambiguo, podría
decirse que por Dios, pero sería parte de otros discursos; con poder se refiere
a ciertas organizaciones e instituciones
que mantiene al margen la individualidad como tal de que satisfagan su
beneficio propio. En sí, los estudios de género nos dejan ver como los
discursos nos adentran a este llamado “espisteme[2]”.
Si bien, los dichos estudios apuntan a
que el género es algo asignado, algo con lo que no se nace sino se adquiere por
pautas inexorables culturales. Lo ideal sería que pudiéramos todos desarrollar un pensamiento
lejos de este régimen organizativo y ser bisexuales, o ser transexuales o ¿por qué no? asexual,
inclusive pansexuales que “no es la andrógina (macho/hembra) ni la bisexualidad
(hetero/homo), sino que rechaza todas las cargas dualistas como instrumentos
para organizar el discurso sobre la identidad misma” (Gajeri, Los estudios sobre las mujeres 474) y
podría empezar a emplearse un discurso de igualdad o indiferencia de la
orientación sexual. Un día se lo plantee a mi madre, me miró incomprensible y
me dijo: “¿Te imaginas?, la nueva Sodoma
y Gomorra” y entones me dijo que no me
tomara el feminismo tan apecho. Era
claro, ella pensaba en un desorden dentro de este “orden” jerárquico con el que ella creció, y su
madre, y la madre de su madre y la madre de la madre de su madre. De cierta
forma la comprendí, las cosas cambiarían
y tendría que cambiar jurídica, social, económica, y epistemológicamente. Pero ¿Por qué pensar en el caos? Por qué
pensar que el amor o la atracción tienen un significante y un significado. Como
si mujer fuera un significante y hombre su significado todo en un régimen de
arbitrariedad. Para mi madre era
incomprensible vislumbrar un mundo en el
que una mujer tuviera una cita con un árbol o con dos hombres a la vez. También se trata de replantearnos la variedad
de relaciones que puede existir “usar desde ahora la sexualidad para llegar a
multiplicidad de relaciones” según parafrasea Eric Fassin a Foucault (Lugares
de invención: la amistad, el matrimonio y la familia 97)
Me estoy yendo a ejemplos extra-radicales-pero
no por eso poco concebibles- para adentrarme a lo que quisiera plantear como
tesis de este trabajo. Comenzaré con hablar de lleno a lo que me compete. El
propósito de este trabajo es un transitar
histórico de la masculinización de un cuerpo femenino, dentro del orden normativo.
Con el propósito de replantear el orden de lo simbólico, que proponen los
estudios de género y encontrar el génesis de perversión. Si bien, como dije al
inicio, el cuerpo es una superficie de inscripción, no tendría por qué ser
problema que un sujeto femenino decida ponerse botas y pantalones vaqueros y
tener un discurso lejos de la masculinidad o la feminidad como conceptos
también inventivos por la cultura. El transvestismo y más aun el transgénero es
un ejemplo claro de que el género es algo simbólico porque transgrede los roles
sociales. De hecho, el replantear lo simbólico, conllevaría a poner en duda
esta insistencia de establecer los géneros mediante la sexualidad y las
condiciones “naturales” a la cual están anclados nuestros cuerpos. Pero no es
tan sencillo. El orden es opresor. Porque se conserva esa ideología tradicional
de que “la división entre los sexos parece estar[MV1]
en el orden de las cosas” (Bourdier 11) y establecemos las leyes culturales y
de asociación de lo que nos rodea a
nuestras conveniencia.
Es una realidad que vivíos en un mundo
discriminante; la anomalía o mejor dicho lo “inusual” “lo extravagante” y miles de adjetivos nos llena el pensamiento
de dudas, el lenguaje solo hace palpitar en nuestras mentes la antítesis “lo
normal” o “lo que debe ser”. Es decir, en la complejidad de nuestra existencia,
tenemos un radar listo para detectar anomalías, aquello que se sale del orden
de lo establecido ¿Por quién ha sido establecido
ese orden? Es obvio que la cultura y una larga historia del pensamiento humano.
Pero es esto mismo, esta “normalidad” lo que crítica y oprime al individuo queer.
Cuando
un cuerpo se masculiniza, busca una reacción, una voz que le da un lugar simbólico
por el simple hecho de llevar camisa en lugar de blusa y pantalón en lugar de
falda. Lo debe interesarnos aquí, es la magnitud a la que se puede llevar al cuerpo, en el
cual se inscriben una serie de roles los cuales no son propios de la feminidad.
Esta conducta se hace por una emulación hacia la figura del varón. Existe un debate al respecto con opiniones diversas, algunas feministas, y entre ellas la
italiana Francesca Gargallo[3]que
consideran que la masculinización de los cuerpos femeninos no es necesario para
ser una figura de poder. Y en todo caso, ese sujeto femenino por articulación
social y política vendría a ser una reproducción de cualquier
sujeto masculino con poder.
Pero históricamente, el transvestismo
tenía un sentido diferente, el contexto nos traslada a que era tentador convertirse en una emulación
masculina, inclusive útil, cuestiones de vida o muerte o como una búsqueda de
la identidad.
Existen datos históricos que
apuntan que el transvestismo era común
dentro de la sociedad. El transvestismo
inicia, según historiadores en el siglo XVI y XVII. La literatura, ha
resguardado las huellas de personajes de este tipo. En el barroco, se manifiesta con un
“enmascaramiento, ambigüedad y artificio” (Duran 2003:1) . En el teatro del
Siglo de Oro español, tenemos la presencia de muchas mujeres transvestidas:
Rosaura de La vida es sueño y Dorotea
del Quijote que se masculinizaban por cuestiones de honor,
de resguardo o también como un discurso de transgresión a la subordinación, donde
la mujer se convertía en su propio dueño y bajo la figura del hombre llegaba a
su autonomía, considerada para la época
un peligro. Había quienes pasaban toda una vida bajo el símbolo de lo masculino
para hacerse de poder. Martha Durán Campos, en su tesis de Transvestismo en la literatura, cita a
Jean E. Howard “La practica subversiva del transvestismo se dio ampliamente aun
y con todas las prohibiciones (…) fue el principio de una critica constante” más
nos dice que “no hay subversión, puesto que el patriarcado era una usanza común,
no una institución” (16) porque tampoco el contexto permitía valorar al
transvestismo y a la homosexualidad en sí como una cultura o un movimiento
social, la subversibilidad no existía, porque el individuo correspondía a una
función elemental dentro de su contexto de cada género. Por ejemplo Shakespeare
en sus obras, utilizaba actrices para interpretar a los personajes varones, pero no por una estatus de igualdad
o de “oportunidad” sino porque solo una mujer podía interpretar ese papel con
tal pasión que se sintiera embelesada por la importancia que se ejercía en
ella; Sin embargo, se dejaba entre ver
que el matiz de perfección caía sobre el personaje masculino.
Foucault nos habla, bastantes siglos
después, en los que tuvo que haber una evolución del pensamiento y la
concepción de la vida, de los discursos
de poder como una herramienta de la modernidad para posicionarse de manera
triunfal sobre las minorías.
A partir del siglo XIX se comienza a ver
el transvestismo como algo agresivo “una transgresión sexual, un indicio de
hipersexualidad o de sodomía” (R. Walkowitz
Sexualidades peligrosas. Las
relaciones homosexuales: travestismo y amistades románticas 418) Términos
como “Georgesandismo”[4] y
“Bulldyke o Bulldagger”[5] se comenzaban a utilizar para designar la
sexualidad y definir, también, los roles de las parejas. La Bulldyke era el varón de la relación, el
rol activo de la relación entre mujeres clase baja de color. De modo que el
sexo, como acto en sí, toma una relevante importancia alrededor de los
discursos opresores. Aun así, se da otro
tipo de relación, una nueva formulación de relación de pareja[6]. De
esta manera, comienzan círculos amistosos de mujeres. Haciendo una subcultura,
con mujeres de barrios bajos y clase obrera, donde se identificaban redes de
cafés, restaurantes y lugares que frecuentaban
travestidas, lesbianas y prostitutas. Entre la elite, podría decirse, se
encontraban una subcultura de lesbianas escritoras y artistas a principios del
siglo XX tanto en New York como en Francia, donde hacia presentaciones
teatrales, leían sus poemas y novelas que sintetizaban una tradición de
travestismo y amistades románticas (R. Walkowitz, 419). La llamada “Cultura
Gay” comenzaba a tener un lugar dentro de la sociedad, una forma bohemia de
vivir su sexualidad. Estas mujeres se posicionaban en un lugar que marcaba
privilegios y popularidad entre ellas mismas.
Todos estos encuentros y relaciones amistosas
dieron lugar a que las mujeres de todas las esferas sociales no se limitaran ni
emocionalmente ni sexualidad a la mera reproducción. De hecho, también en la
clase media alta, comienza a haber manifestaciones de estas amistades
románticas, con ayuda de la segregación de los sexos, es decir, las
instituciones de escuelas para señoritas o los internados en el siglo XIX,
digamos que Foucault no tuvo esto en cuenta, y se quedaría solo con la
insistencia de que estas instituciones reivindicaban a los individuos a su gusto, ¿pero aquí qué
pasaba? Que las mujeres desarrollaban lazos entrañables desde la infancia en el
instituto y aun así en la universidad. Esto creaba en ocasiones “enamoramientos
frustrados” por emprender lazos con compañeras mayores o inclusive con maestras
del instituto, lo que también, les enseñaba a controlar dichos amores y aun así
a negarse a ellos. La maduración
sentimental abría una barrera que nadie nunca pensó que llegaría a tanto.
Las relaciones amistosas, también daba a
la mujer un anhelo “de amor emocional, espiritual y físico” y el sexo como tal,
no era un problema, porque la sociedad
no lo veía como un acto puramente sexual, “al creer que las mujeres no experimentaban
deseo erótico autónomo fuera de la
sexualidad reproductora” (421). El sexo entre mujeres, primeramente no era
concebido, se creía en la amistad y el
deseo platónico pero no en una concertación del acto sexual. Hacía falta el
falo. Para Foucault, según Frassin, las
relaciones de amistad son una nueva forma de replantear las relaciones humanas,
que renuevan el empobrecimiento de las tradicionales estructuras de unión.
Dichas amistades, propició que las mujeres desarrollaran un
sentimiento de exaltación, que no solo se limitara a un acto carnal o a la
reproducción, sino a fijar un interés por su vida sentimental. Lo que abría una visión subjetiva de sus
vidas, lejos de las preocupaciones del matrimonio visto como un convenio de
bienes o la reproducción-volvemos al empobrecimiento- como un máximo en sus
vidas. Ya a principios del siglo XX
comienzan a propagarse instituciones universitarias que propiciaban la unión de
mujeres durante la universidad. La soltería fue ganando apogeo sobre la
domesticidad heterosexual. Había espacios sociales como los settlement house que brindaban pisos de
instancia a damas en Estados Unidos y Gran Bretaña ocultándose bajo el manto
del celibato y las amistades duraderas. A inicios del siglo XX también se
elevan los números de mujeres solteras después de la universidad, llamando a
las instituciones de educación superior “semillero de amistades sentimentales
especiales” (421) pues nuevamente, entre
la elite, se hicieron comunes los llamados “matrimonios bostonianos”
que tuvieran una publica aceptación.
Nuevamente hubo una insistencia en que el sexo
entre mujeres no era algo significante para el acto en sí, pero al ver como se
hacía una evasión a la maternidad y se comenzaba a buscar una subjetividad, ya
fuera voluntaria o por estrategia anticonceptiva, en el caso heterosexual,
llamaron la atención de los médicos. Y pues claro, la reproducción se detenía
notablemente, y gracias a un estudio de
egresadas de la Universidad de Cambridge
del cual solo 22 del 100 por ciento opto por el matrimonio y la vida domestica.
La intromisión de lo privado en las vidas de estas mujeres no se hizo esperar.
Este es el punto en el que el término de la homosexualidad femenina o
Lesbianismo, posteriormente, da un giro
a su concepto. Se comenzó a estudiar sexualmente la conducta femenina,
la sexología fue al fin mencionada como un “ciencia que estudia la sexualidad”.
Parece curioso, que la insistencia erradicara en un punto en el que la
diversidad sexual y la autonomía de la misma, provocarán un estudio sobre la conducta sexual. La máquina
reproductiva se detiene, los cuerpos femeninos se alejaría de una función
vital, para los procesos económicos,
para el capitalismo: la natalidad. El
Biopoder (régimen que controla las
relaciones de poder) del que habla Haraway[7]
hace presencia. La anatomopolítica (cuerpos como productos, que funcionan para
la producción, disiplinación del cuerpo) y por supuesto la Biopolítica (Individuos máquinas,
cyborgs). La medicina, en el contexto del la práctica sexual, se da cuenta de
que es un peligro que la mujer conozcan las emociones del placer y la pasión
por esencia, sin un motivo o sin algo que genere otro individuo.
Este es
el inicio de la sexología como una ciencia sujeta a la medicina forense. Su
iniciador es el psiquiatra y profesor Richard Von Jraft-Ebing. Que tenía como
misión buscar “las degeneraciones” “un
impulso sexual contrario” o “inversión
sexual” que posiblemente se pudieran reivindicar llevándolos a un tribunal. Publica
un libro en e1986 llamado Psychopatib
Sexualis que clasifica al
lesbianismo como un “un impulso sexual
contrario” o una “inversión sexual”
se inventa un vocabulario médico para clasificar la homosexualidad como una
enfermedad. Todo con supuestas explicaciones que eran confusas y contradictorias. Científicamente no podía
probarse que la homosexualidad o esta tendencia al transvestismo fuera una
patología. Sin embargo, el lesbianismo se plantea como un problema social, que, de alguna forma, libraba a los médicos
de una explicación sobre esta variación de conducta sexual. Declarando este
discurso como “una verdad” La conducta masculina, entonces, en una mujer se
trataba de “un desarrollo embriones anómalo” (422) de esta manera, el individuo de mentalidad
masculina en cuerpo femenino era un grado de perversión homosexual aun más elevado que de
aquellas mujeres que solamente se sentían atraídas por el sexo opuesto[MV2] . Aun a sabiendas de esto. La medicina
comprendía que el erotismo lésbico no era únicamente otra versión de la masculinidad. Sino que
existían sentimentalismos de por medio. La mujer masculina tenía una
caracterización física y de estilo de
vida que la inscribía en lo “anormal”. Inclusive se llegó a pensar que la mujer
masculina ignoraba el placer genital de su pareja.
Tratar
el lesbianismo y el transvestismo como
una inversión de la conducta sexual generaría que muchas mujeres, que
practicaban las amistades entre mujeres, los matrimonios de bostonianos, y
demás; creyeran fielmente en lo que la sexología había estigmatizado las relaciones entre mujeres, algunas de ellas
profesaron haber dejado la homosexualidad atrás y haber encontrado la luz en un
idilio en la vida domestica. Es
increíble como las mismas mujeres que hacían estas prácticas son flageladas por
el discurso normativo de la psicología. Es
increíble que la reducción del lesbianismo a algo puramente sexual marcara una
línea divisora imaginaria entre aquellas que fielmente tenía una amistad
fraternal con una mujer. Es claro, también, que de ahí viene esa connotación de
perversión hasta nuestros días: la homosexualidad o el transvestismo como algo
“no natural”. Cuando culturalmente la
categoría lesbiana, se convirtió en eso precisamente, una categoría, una forma
de clasificar los lazos armoniosos entre mujeres nos dice Leila Rupp que se reusaron a
identificarse como parte de ello.
El estigmatizar y la represaría en contra de la
homosexualidad tomó una postura de temor hacia la amenaza de la reproducción.
La prostitución y el aborto fueron y son
parte de ello. Actualmente, vemos
que existen organismos que defienden esta subjetividad de los cuerpos que se
alejan de ser máquinas reproductivas y se minimizan a un elemento vital del
engranaje capitalista. No pude limitarse ni reducirse la subjetividad de ningún
individuo bajo ninguna circunstancia. La mujer es aun una categoría limitada de
sujeto, es lo Otro. La homosexualidad se encuentra más debajo de ella en esa
pirámide de “jerarquización” el individuo queer
femenino se encuentra aun más abajo,
basta con el ejemplo de las Dosmamis.[8] O propiamente el transvestido está por debajo de todo. Entendiendo este término,
queer “como lo extraño, lo curioso”; rebelde a las normas de
heternormatividad. Butler postula la
mutabilidad y fluidez de un sujeto cada
vez más complejo y con difícilmente conducible a categorías normativas (Gajeri 447).
El
transvestismo sufre un problema terrible por parte de la discriminación, la discriminación entre minorías (mismos
homosexuales, en este caso) es una
realidad que personalmente considero terrible ¿qué se puede esperar de los
discursos opresores y conservadores?
Al final
de cuentas, caemos en la conclusión que
es difícil desapegarnos de la parte simbólica de la cultura. Gracias a la femineidad y la masculinidad (y en realidad al orden
cultural en el que vivimos) clasificamos y ponemos etiquetas a todo, sobre todo
si sale de la nuestras costumbres. El género es algo atribuido, no existe explicación medica o ciencia exacta
que nos diga por qué un individuo
rechaza el sexo con el que nació, y posteriormente el género que se elige por
sentir permanencia. Bien nos dice Marta Lamas con su ensayo La perspectiva de género: “implica reconocer que una cosa es la
diferencia sexual y otra cosa son las atribuciones, ideas,
representaciones y prescripciones sociales que se construyen
tomando como referencia esa diferencia sexual” (8). El transvestismo y la homosexualidad “rompe con los limites mismos de lo corpóreo
e impone reflexiones sobre el contexto de identidad que ya no encaja en
clasificaciones preconcebidas” (Gajeri 475) van más allá de lo que
nuestras normas culturales patriarcales heteronormativas- así como morales y
religiosas- nos permiten.
Es difícil
encontrar una culpabilidad, pero se puede comenzar con pequeñas acciones que
vayan mutando las concepciones de familias y relaciones que actualmente
ejercemos. Lejos totalmente de cualquier tipo de violencia, pues a pesar del
manto simbólico y cultural, así como la tradición patriarcal y de la familia
burguesa nos ciegan ante los cambios, no se justificable que las ideologías conservadoras
tengan el derecho de arrancar la vida o la felicidad de aquellos individuos de
minorías. Aspectos que entra tanta teoría,
olvidamos cuán importante son.
Obras citadas:
Bourdier.
La dominación Masculina. Editorial Anagrama,
s.a., 2000. Barcelona.
Duby
George, Perrot Michell Historia de las
mujeres. “Sexualidades peligrosas” por Judith R. Walkowitz. Taurusminur. 2001. Madrid.
Duran
Campos Martha. El transvestismo en la
tragedia en la obra de Josefina Vinces. Universidad autónoma de nuevo León.
Faculta de filosofía y letras: división
de estudios de posgrado. Diciembre 2003. Web.
Fassin
Eric. Lugares de invención. La amistad,
el matrimonio, y la familia. Revista Cultural. S.n. 2012.
Gargallo
Francesca En
diálogo con la ética feminista. Segundo Encuentro Regional de Filosofía, zona norte, Universidad
Autónoma de Chihuahua, 23 de abril de 2013. Web. Url: http://francescagargallo.wordpress.com/?s=segundo+Encuentro+Regional+de+Filosof%C3%ADa%2C+zona+norte%2C+Universidad+Aut%C3%B3noma+de+Chihuahua%2C+23+de+abril+de+2013
Gnisci,
Armando, Gajeri Elena. Introducción de la
literatura comparada. España. Ed crítica. 2002. Impreso
Haraway
Donna. Ciencia, cyborgs y mujeres: la
reinvención de la naturaleza. España Ediciones Cátedra, S. A., 1995.
Digital.
Lamas Marta. Perspectiva de género. “La tarea” Revista de Educación y Cultura de la Sección
47 del SNTE. No. 8. Enero- marzo 1996. Digital.
Sutherland
Juan Pablo. Multitudes minoritarias,
batallas sexuales y matrimonio hegemónico. S.n
[1] Utilizo “Transvestismo” y no travestismo con
la idea de la transgresión a la normatividad en la concepción ideológica y
cultural. Pues considero que el
trasvestismo es una formulación
lingüísticamente errónea.
[2] Donna Haraway en Ciencia,
cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza, comprende este término como una cosmovisión del régimen
que establece un modo de organización de los objetos y sujetos así como su
relación.
[3] Conferencia en el marco del Segundo Encuentro Regional de Filosofía, zona norte,
Universidad Autónoma de Chihuahua, 23 de abril de 2013.
[4] Se hace referencia al seudónimo George
Sand de la escritora Amandine Aurore Lucile Dupin, baronesa Dudevan. Escritora Francesa que utilizaba este seudónimo para
la publicación de sus obras. En el siglo XX, comienza a interpretarse como
símbolo de rebeldía entre las mujeres transvestidas.
[5]
Este término proviene del slang que
significan lesbiana, especialmente la que desempeña el papel masculino.
[6] Véase el dossier: “Lugares de invención: la
amistad, el matrimonio y la familia” de Eric Frassin.
[7]
Véase Ciencia, Cyborgs y mujeres: La
reinvención de la naturaleza. Haraway maneja un discurso en el que el
cuerpo se convierte en un aparato robótico que vive a las expresa de la
tecnología y lo que la política desee de él. Sin importar si esto le lleva a la
muerte, pues la reproducción es el arma clave.
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