lunes, 16 de septiembre de 2013

Ponencia del 9 de septiembre del 2013 ENEJ

El lesbianismo, la masculinización de los cuerpos bajo el enfoque de los estudios de género: Historia del Transvestismo[1] femenino.


El cuerpo, es una plataforma de significaciones donde se rescribe la “naturalidad” de los individuos.  La jerarquización dentro de los modos de vida, han establecido ciertas características esenciales para la mujer y para el hombre. Si bien acaso será cierto, que el  ahora llamado femenismo mainstream– discurso anglosajón elitista–, sirve como  detonador de muchos cabos sueltos que competen  a los  Estudios de género, también es cierto su aspecto discriminante y subjetivo radical de este Ser Mujer.  Simone de  Beauvoir  ya lo dijo: “No se nace mujer, se llega a serlo”;  Joan Scott y Marta Lamas lo reafirman  cuando dicen que vivimos al margen de lo simbólico, y citando a Scott: “Me parece entonces que el lugar de la mujer en la vida social humana, no es producto en sentido directo, de las cosas que hace, sino del significado que adquieren sus actividades  a través de la interacción social concreta”  (Scott,  Género: una categoría para el análisis histórico  22). Bourdier, nos habla precisamente de estas condiciones “naturales” que se reinscriben  a la mujer, relacionándolas con la pasividad de las actividades, la parte femenina “como el establo, el agua y los vegetales; es la estructura del tiempo, jornada, año agrario, o ciclo de vida, con los momentos de ruptura, masculinos, y los largos períodos de gestación, femeninos” (La dominación masculina 11) dejando en claro, el génesis de esta concepción  cíclica de la mujer, condición que la inmersa en un determinado discurso inferior.
Los estudios de género lo que hacen es, precisamente, una apertura a reflexionar la forma de vida de todos los individuos, y comienzan a tensar las jerarquías sociales y  el orden establecido- ¿Por quién?- Podría decirse que por aquellos que tiene el poder, pero aun así es ambiguo, podría decirse que por Dios, pero sería parte de otros discursos; con poder se refiere a ciertas organizaciones  e instituciones que mantiene al margen la individualidad como tal de que satisfagan su beneficio propio. En sí, los estudios de género nos dejan ver como los discursos nos adentran a este llamado “espisteme[2]”.
Si bien, los dichos estudios apuntan a que el género es algo asignado, algo con lo que no se nace sino se adquiere por pautas inexorables culturales. Lo ideal sería que  pudiéramos todos desarrollar un pensamiento lejos de este régimen organizativo y ser bisexuales,  o ser transexuales o ¿por qué no? asexual, inclusive pansexuales que “no es la andrógina (macho/hembra) ni la bisexualidad (hetero/homo), sino que rechaza todas las cargas dualistas como instrumentos para organizar el discurso sobre la identidad misma” (Gajeri, Los estudios sobre las mujeres 474) y podría empezar a emplearse un discurso de igualdad o indiferencia de la orientación sexual. Un día se lo plantee a mi madre, me miró incomprensible y me dijo: “¿Te imaginas?,  la nueva Sodoma y Gomorra”  y entones me dijo que no me tomara el feminismo tan apecho.  Era claro, ella pensaba en un desorden dentro de este “orden”  jerárquico con el que ella creció, y su madre, y la madre de su madre y la madre de la madre de su madre. De cierta forma la comprendí,  las cosas cambiarían y tendría que cambiar jurídica, social, económica, y epistemológicamente.   Pero ¿Por qué pensar en el caos? Por qué pensar que el amor o la atracción tienen un significante y un significado. Como si  mujer fuera un significante  y hombre su significado todo en un régimen de arbitrariedad.  Para mi madre era incomprensible vislumbrar  un mundo en el que una mujer tuviera una cita con un árbol o  con dos hombres a la vez.  También se trata de replantearnos la variedad de relaciones que puede existir “usar desde ahora la sexualidad para llegar a multiplicidad de relaciones” según parafrasea Eric Fassin a Foucault  (Lugares de invención: la amistad, el matrimonio y la familia 97)
Me estoy yendo a ejemplos extra-radicales-pero no por eso poco concebibles- para adentrarme a lo que quisiera plantear como tesis de este trabajo. Comenzaré con hablar de lleno a lo que me compete. El propósito de este trabajo es  un transitar histórico de la masculinización de un cuerpo femenino, dentro del orden normativo. Con el propósito de replantear el orden de lo simbólico, que proponen los estudios de género y encontrar el génesis de perversión. Si bien, como dije al inicio, el cuerpo es una superficie de inscripción, no tendría por qué ser problema que un sujeto femenino decida ponerse botas y pantalones vaqueros y tener un discurso lejos de la masculinidad o la feminidad como conceptos también inventivos por la cultura. El transvestismo y más aun el transgénero es un ejemplo claro de que el género es algo simbólico porque transgrede los roles sociales. De hecho, el replantear lo simbólico, conllevaría a poner en duda esta insistencia de establecer los géneros mediante la sexualidad y las condiciones “naturales” a la cual están anclados nuestros cuerpos. Pero no es tan sencillo. El orden es opresor. Porque se conserva esa ideología tradicional de que “la división entre los sexos parece estar[MV1]  en el orden de las cosas” (Bourdier 11) y establecemos las leyes culturales y de asociación  de lo que nos rodea a nuestras conveniencia.
Es una realidad que vivíos en un mundo discriminante; la anomalía o mejor dicho lo “inusual” “lo extravagante”  y miles de adjetivos nos llena el pensamiento de dudas, el lenguaje solo hace palpitar en nuestras mentes la antítesis “lo normal” o “lo que debe ser”. Es decir, en la complejidad de nuestra existencia, tenemos un radar listo para detectar anomalías, aquello que se sale del orden de lo establecido ¿Por quién ha  sido establecido ese orden? Es obvio que la cultura y una larga historia del pensamiento humano. Pero es esto mismo, esta “normalidad” lo que crítica y oprime al individuo queer.
 Cuando un cuerpo se masculiniza, busca una reacción, una voz que le da un lugar simbólico por el simple hecho de llevar camisa en lugar de blusa y pantalón en lugar de falda. Lo debe  interesarnos  aquí, es la magnitud  a la que se puede llevar al cuerpo, en el cual se inscriben una serie de roles los cuales no son propios de la feminidad. Esta conducta se hace por una emulación hacia la figura del varón.  Existe un debate al respecto con opiniones  diversas, algunas feministas, y entre ellas la italiana Francesca Gargallo[3]que consideran que la masculinización de los cuerpos femeninos no es necesario para ser una figura de poder. Y en todo caso, ese sujeto femenino por articulación social  y política   vendría a ser una reproducción de cualquier sujeto masculino con poder.
Pero históricamente, el transvestismo tenía un sentido diferente, el contexto nos traslada  a que era tentador convertirse en una emulación masculina, inclusive útil, cuestiones de vida o muerte o como una búsqueda de la identidad.
Existen datos históricos que apuntan  que el transvestismo era común dentro de la sociedad.  El transvestismo inicia, según historiadores en el siglo XVI y XVII. La literatura, ha resguardado las huellas de personajes de este tipo. En el  barroco, se manifiesta con un “enmascaramiento, ambigüedad y artificio” (Duran 2003:1) . En el teatro del Siglo de Oro español, tenemos la presencia de muchas mujeres transvestidas: Rosaura de La vida es sueño y Dorotea del Quijote  que se masculinizaban por cuestiones de honor, de resguardo o también como un discurso de transgresión a la subordinación, donde la mujer se convertía en su propio dueño y bajo la figura del hombre llegaba a su autonomía, considerada  para la época un peligro. Había quienes pasaban toda una vida bajo el símbolo de lo masculino para hacerse de poder.   Martha Durán Campos, en su tesis de Transvestismo en la literatura, cita a Jean E. Howard “La practica subversiva del transvestismo se dio ampliamente aun y con todas las prohibiciones (…) fue el principio de una critica constante” más nos dice que “no hay subversión, puesto que el patriarcado era una usanza común, no una institución” (16) porque tampoco el contexto permitía valorar al transvestismo y a la homosexualidad en sí como una cultura o un movimiento social, la subversibilidad no existía, porque el individuo correspondía a una función elemental dentro de su contexto de cada género. Por ejemplo Shakespeare en sus obras, utilizaba actrices para interpretar a los personajes  varones, pero no por una estatus de igualdad o de “oportunidad” sino porque solo una mujer podía interpretar ese papel con tal pasión que se sintiera embelesada por la importancia que se ejercía en ella;  Sin embargo, se dejaba entre ver que el matiz de perfección caía sobre el personaje masculino.
Foucault nos habla, bastantes siglos después, en los que tuvo que haber una evolución del pensamiento y la concepción de la vida,  de los discursos de poder como una herramienta de la modernidad para posicionarse de manera triunfal sobre las minorías.
A partir del siglo XIX se comienza a ver el transvestismo como algo agresivo “una transgresión sexual, un indicio de hipersexualidad o de sodomía” (R. Walkowitz  Sexualidades peligrosas. Las relaciones homosexuales: travestismo y amistades románticas 418) Términos como “Georgesandismo”[4] y “Bulldyke o Bulldagger”[5]  se comenzaban a utilizar para designar la sexualidad y definir, también, los roles de las parejas.  La Bulldyke era el varón de la relación, el rol activo de la relación entre mujeres clase baja de color. De modo que el sexo, como acto en sí, toma una relevante importancia alrededor de los discursos opresores. Aun así, se da  otro tipo de relación, una nueva formulación de relación de pareja[6]. De esta manera, comienzan círculos amistosos de mujeres. Haciendo una subcultura, con mujeres de barrios bajos y clase obrera, donde se identificaban redes de cafés, restaurantes y lugares que frecuentaban  travestidas, lesbianas y prostitutas. Entre la elite, podría decirse, se encontraban una subcultura de lesbianas escritoras y artistas a principios del siglo XX tanto en New York como en Francia, donde hacia presentaciones teatrales, leían sus poemas y novelas que sintetizaban una tradición de travestismo y amistades románticas (R. Walkowitz, 419). La llamada “Cultura Gay” comenzaba a tener un lugar dentro de la sociedad, una forma bohemia de vivir su sexualidad. Estas mujeres se posicionaban en un lugar que marcaba privilegios y popularidad entre ellas mismas.
Todos estos encuentros y relaciones amistosas dieron lugar a que las mujeres de todas las esferas sociales no se limitaran ni emocionalmente ni sexualidad a la mera reproducción. De hecho, también en la clase media alta, comienza a haber manifestaciones de estas amistades románticas, con ayuda de la segregación de los sexos, es decir, las instituciones de escuelas para señoritas o los internados en el siglo XIX, digamos que Foucault no tuvo esto en cuenta, y se quedaría solo con la insistencia de que estas instituciones reivindicaban  a los individuos a su gusto, ¿pero aquí qué pasaba? Que las mujeres desarrollaban lazos entrañables desde la infancia en el instituto y aun así en la universidad.  Esto creaba en ocasiones “enamoramientos frustrados” por emprender lazos con compañeras mayores o inclusive con maestras del instituto, lo que también, les enseñaba a controlar dichos amores y aun así a negarse a ellos.  La maduración sentimental abría una barrera que nadie nunca pensó que llegaría a tanto.
Las relaciones amistosas, también daba a la mujer un anhelo “de amor emocional, espiritual y físico” y el sexo como tal,  no era un problema, porque la sociedad no lo veía como un acto puramente sexual,  “al creer que las mujeres no experimentaban deseo erótico autónomo fuera  de la sexualidad reproductora” (421). El sexo entre mujeres, primeramente no era concebido, se creía en la amistad  y el deseo platónico pero no en una concertación del acto sexual. Hacía falta el falo.  Para Foucault, según Frassin, las relaciones de amistad son una nueva forma de replantear las relaciones humanas, que renuevan el empobrecimiento de las tradicionales estructuras de unión.
Dichas amistades,  propició que las mujeres desarrollaran un sentimiento de exaltación, que no solo se limitara a un acto carnal o a la reproducción, sino a fijar un interés por su vida sentimental.  Lo que abría una visión subjetiva de sus vidas, lejos de las preocupaciones del matrimonio visto como un convenio de bienes o la reproducción-volvemos al empobrecimiento- como un máximo en sus vidas.  Ya a principios del siglo XX comienzan a propagarse instituciones universitarias que propiciaban la unión de mujeres durante la universidad. La soltería fue ganando apogeo sobre la domesticidad heterosexual. Había espacios sociales como los settlement house que brindaban pisos de instancia a damas en Estados Unidos y Gran Bretaña ocultándose bajo el manto del celibato y las amistades duraderas. A inicios del siglo XX también se elevan los números de mujeres solteras después de la universidad, llamando a las instituciones de educación superior “semillero de amistades sentimentales especiales”  (421) pues nuevamente, entre la elite, se hicieron comunes los llamados “matrimonios  bostonianos”  que tuvieran una publica aceptación.
Nuevamente hubo una insistencia en que el sexo entre mujeres no era algo significante para el acto en sí, pero al ver como se hacía una evasión a la maternidad y se comenzaba a buscar una subjetividad, ya fuera voluntaria o por estrategia anticonceptiva, en el caso heterosexual, llamaron la atención de los médicos. Y pues claro, la reproducción se detenía notablemente, y gracias  a un estudio de egresadas de  la Universidad de Cambridge del cual solo 22 del 100 por ciento opto por el matrimonio y la vida domestica. La intromisión de lo privado en las vidas de estas mujeres no se hizo esperar.
Este es el punto en el que  el término de la homosexualidad femenina o Lesbianismo, posteriormente, da un giro  a su concepto. Se comenzó a estudiar sexualmente la conducta femenina, la sexología fue al fin mencionada como un “ciencia que estudia la sexualidad”. Parece curioso, que la insistencia erradicara en un punto en el que la diversidad sexual y la autonomía de la misma, provocarán  un estudio sobre la conducta sexual. La máquina reproductiva se detiene, los cuerpos femeninos se alejaría de una función vital, para los procesos  económicos, para el capitalismo: la natalidad.  El Biopoder  (régimen que controla las relaciones de poder) del que habla Haraway[7] hace presencia. La anatomopolítica (cuerpos como productos, que funcionan para la producción, disiplinación del cuerpo)  y por supuesto la Biopolítica (Individuos máquinas, cyborgs). La medicina, en el contexto del la práctica sexual, se da cuenta de que es un peligro que la mujer conozcan las emociones del placer y la pasión por esencia, sin un motivo o sin algo que genere otro individuo.
Este es el inicio de la sexología como una ciencia sujeta a la medicina forense. Su iniciador es el psiquiatra y profesor Richard Von Jraft-Ebing. Que tenía como misión buscar “las degeneraciones”  “un impulso sexual  contrario” o “inversión sexual” que posiblemente se pudieran reivindicar llevándolos a un tribunal. Publica un libro en e1986 llamado Psychopatib Sexualis  que clasifica al lesbianismo como un “un impulso sexual  contrario” o  una “inversión sexual” se inventa un vocabulario médico para clasificar la homosexualidad como una enfermedad. Todo con supuestas explicaciones que eran confusas  y contradictorias. Científicamente no podía probarse que la homosexualidad o esta tendencia al transvestismo fuera una patología. Sin embargo, el lesbianismo se plantea como un problema social,  que, de alguna forma, libraba a los médicos de una explicación sobre esta variación de conducta sexual. Declarando este discurso como “una verdad” La conducta masculina, entonces, en una mujer se trataba de “un desarrollo embriones anómalo” (422)  de esta manera, el individuo de mentalidad masculina en cuerpo femenino era un grado de perversión homosexual aun más elevado que de aquellas mujeres que solamente se sentían atraídas por el sexo opuesto[MV2] . Aun a sabiendas de esto. La medicina comprendía que el erotismo lésbico no era únicamente  otra versión de la masculinidad. Sino que existían sentimentalismos de por medio. La mujer masculina tenía una caracterización física y  de estilo de vida que la inscribía en lo “anormal”. Inclusive se llegó a pensar que la mujer masculina ignoraba el placer genital de su pareja.
Tratar el lesbianismo y el transvestismo  como una inversión de la conducta sexual generaría que muchas mujeres, que practicaban las amistades entre mujeres, los matrimonios de bostonianos, y demás; creyeran fielmente en lo que la sexología había estigmatizado  las relaciones entre mujeres, algunas de ellas profesaron haber dejado la homosexualidad atrás y haber encontrado la luz en un idilio en la vida domestica.  Es increíble como las mismas mujeres que hacían estas prácticas son flageladas por el discurso normativo de la psicología.  Es increíble que la reducción del lesbianismo a algo puramente sexual marcara una línea divisora imaginaria entre aquellas que fielmente tenía una amistad fraternal con una mujer. Es claro, también, que de ahí viene esa connotación de perversión hasta nuestros días: la homosexualidad o el transvestismo como algo “no natural”. Cuando  culturalmente la categoría lesbiana, se convirtió en eso precisamente, una categoría, una forma de clasificar los lazos armoniosos entre mujeres  nos dice Leila Rupp que se reusaron a identificarse como parte de ello.
El estigmatizar y la represaría en contra de la homosexualidad tomó una postura de temor hacia la amenaza de la reproducción. La prostitución y el aborto fueron y son  parte de ello.  Actualmente, vemos que existen organismos que defienden esta subjetividad de los cuerpos que se alejan de ser máquinas reproductivas y se minimizan a un elemento vital del engranaje capitalista. No pude limitarse ni reducirse la subjetividad de ningún individuo bajo ninguna circunstancia. La mujer es aun una categoría limitada de sujeto, es lo Otro. La homosexualidad se encuentra más debajo de ella en esa pirámide de “jerarquización” el individuo queer femenino  se encuentra aun más abajo, basta con el ejemplo de las Dosmamis.[8]  O propiamente el transvestido  está por debajo de todo. Entendiendo este término, queer “como lo extraño, lo curioso”;  rebelde a las normas de heternormatividad.  Butler postula la mutabilidad y fluidez  de un sujeto cada vez más complejo y con difícilmente conducible a categorías normativas (Gajeri  447).
El transvestismo sufre un problema terrible por parte de la discriminación,  la discriminación entre minorías (mismos homosexuales, en este caso)  es una realidad que personalmente considero terrible ¿qué se puede esperar de los discursos opresores y conservadores?
Al final de cuentas, caemos en la conclusión  que es difícil desapegarnos de la parte simbólica de la cultura. Gracias a  la femineidad  y la masculinidad (y en realidad al orden cultural en el que vivimos) clasificamos y ponemos etiquetas a todo, sobre todo si sale de la nuestras costumbres. El género es algo atribuido,  no existe explicación medica o ciencia exacta  que nos diga por qué un individuo rechaza el sexo con el que nació, y posteriormente el género que se elige por sentir permanencia. Bien nos dice Marta Lamas con su ensayo La perspectiva de género: “implica reconocer que una cosa es la diferencia sexual y otra cosa son las atribuciones, ideas, representaciones y prescripciones sociales que se construyen tomando como referencia esa diferencia sexual” (8). El transvestismo y la homosexualidad  “rompe con los limites mismos de lo corpóreo e impone reflexiones sobre el contexto de identidad que ya no encaja en clasificaciones preconcebidas” (Gajeri  475)  van más allá de lo que nuestras normas culturales patriarcales heteronormativas- así como morales y religiosas- nos permiten.
Es difícil encontrar una culpabilidad, pero se puede comenzar con pequeñas acciones que vayan mutando las concepciones de familias y relaciones que actualmente ejercemos. Lejos totalmente de cualquier tipo de violencia, pues a pesar del manto simbólico y cultural, así como la tradición patriarcal y de la familia burguesa nos ciegan ante los cambios, no se justificable que las ideologías conservadoras tengan el derecho de arrancar la vida o la felicidad de aquellos individuos de minorías.  Aspectos que entra tanta teoría, olvidamos cuán importante son.


Obras citadas:

Bourdier. La dominación Masculina. Editorial Anagrama, s.a., 2000. Barcelona.
Duby George, Perrot Michell Historia de las mujeres. “Sexualidades peligrosas” por Judith R. Walkowitz. Taurusminur. 2001. Madrid.
Duran Campos Martha. El transvestismo en la tragedia en la obra de Josefina Vinces. Universidad autónoma de  nuevo León.  Faculta de filosofía y letras: división  de estudios de posgrado. Diciembre 2003. Web.
Fassin Eric. Lugares de invención. La amistad, el matrimonio, y la familia. Revista Cultural. S.n. 2012.
Gargallo Francesca En diálogo con la ética feminista. Segundo Encuentro Regional de Filosofía, zona norte, Universidad Autónoma de Chihuahua, 23 de abril de 2013. Web. Url: http://francescagargallo.wordpress.com/?s=segundo+Encuentro+Regional+de+Filosof%C3%ADa%2C+zona+norte%2C+Universidad+Aut%C3%B3noma+de+Chihuahua%2C+23+de+abril+de+2013
Gnisci, Armando, Gajeri Elena. Introducción de la literatura comparada. España. Ed crítica. 2002. Impreso
Haraway Donna. Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza. España Ediciones Cátedra, S. A., 1995. Digital.
Lamas Marta. Perspectiva de género. “La tarea” Revista de Educación y Cultura de la Sección 47 del SNTE. No. 8. Enero- marzo 1996. Digital.
Sutherland Juan Pablo. Multitudes minoritarias, batallas sexuales y matrimonio hegemónico. S.n



[1] Utilizo “Transvestismo” y no travestismo con la idea de la transgresión a la normatividad en la concepción ideológica y cultural.  Pues considero que el trasvestismo es una formulación

lingüísticamente errónea.
[2] Donna Haraway en  Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza, comprende  este término como una cosmovisión del régimen que establece un modo de organización de los objetos y sujetos así como su relación.
[3] Conferencia  en el marco del Segundo Encuentro Regional de Filosofía, zona norte, Universidad Autónoma de Chihuahua, 23 de abril de 2013.
[4] Se hace referencia al seudónimo George Sand de la escritora Amandine Aurore Lucile Dupin, baronesa Dudevan. Escritora Francesa que utilizaba este seudónimo para la publicación de sus obras. En el siglo XX, comienza a interpretarse como símbolo de rebeldía entre las mujeres transvestidas.
[5] Este término proviene  del slang que significan lesbiana, especialmente la que desempeña el papel masculino.
[6] Véase el dossier: “Lugares de invención: la amistad, el matrimonio y la familia” de Eric Frassin.
[7] Véase Ciencia, Cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza. Haraway maneja un discurso en el que el cuerpo se convierte en un aparato robótico que vive a las expresa de la tecnología y lo que la política desee de él. Sin importar si esto le lleva a la muerte, pues la reproducción es el arma clave.



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