viernes, 12 de julio de 2013

Carta a mi primer amor:

Sé que será extraño, pero cuando tenía ocho años me enamoré. Ella no era ni fea ni bonita, ni rubia ni morena. A esa edad pocas cosas importan. Fue tan inocente que ni siquiera sabía que era amor, y hasta ahora podría decir que he descubierto que me enamoré sin ser adolescente. Una parte de mí, se alegra de que el primera amor haya sido esa niña y no mi ex novio de sexto de primaria. Mi subconsciente, como diría Freud, bloqueo esa pulsión para impedirme un desorden mental. O simplemente lo guardé por temor a aceptarme.
 Me encontraba en un universo de amor lúdico, que me movía al compás de los tazos estrellados en el concreto y el sonido del bote volado al impactarse contra el piso. Eramos amigas, como todas las niñas de ocho años que juegan juntas. Pero cuando nuestros labios se tocaban, algo en mí, un sabor extraño me llenaba la boca, era un sabor a chocolate, posiblemente Carlos V o a papitas de queso, no lo sé, siempre era un sabor distinto que me impregnaba de una desconocída alegría . Ahora sé, y puedo asegurar que era el sabor del amor en estado puro, de una inocencia exquisita y una naturalidad inexistente en el consciente adulto. Donde tomarse las manos no era pecado y no nos hacía diferentes, acariciar su cabello y sumergirnos para besarnos en  aquella alberca que ponía mi abuela durante los veranos, no estaba mal. Para nosotros era como ser sirenas, regalándose  besos acuáticos. Yo era el pobre marinero náufrago que era rescatado por la hermosa sirena, que con un beso de amor lo regresaba a la vida. Teníamos una idea muy cursi de lo que era un sirena. Y no concebíamos que estaba mal besar a alguien para salvarle la vida.  Nos gustaban los besos bajo el agua, besos húmedos que perdía el sabor a infancia; mientras yo contenía la respiración y esperaba que me rescataran sus pequeños labios morados postrándose sobre los míos. El contacto de nuestras manos era una hermosa presión que se sentía bien, simplemente se sentía bien y no buscaba repetirla, con los instantes bastaba.

Al crecer los besos dejaron de tener una sinceridad auténtica. Ahora eran más mojados, besos que bajo el vientre se acaudalaban en la parte más "impura" del cuerpo. Fue entonces cuando dejamos de hacerlo. El sabor daba miedo, y sentíamos tanto el peso de Dios en nosotras que llegamos a la conclusión de que eso que hacíamos, no estaba bien. Nos despedimos con un beso oculto, no quiero decir que antes no nos ocultáramos, pero esta vez se sentía el vértigo, el peligro latente de ser descubiertas en la penumbra, mientras tocábamos nuestros cabellos y juntábamos nuestras bocas, resbalando un hilo inexperto de saliva que vacilaba en la barbilla.  Ese día estábamos ocultas, bajo una lona que cubría un montón de bicicletas descompuestas.Su abuelo y su abuela tenían un puesto de juguetes en el centro de la cuidad. Ocultas entre el olor a llanta y fierro oxidado nos besamos por última vez. Sus abuelos escucharon los murmullos en aquel patio trasero y fueron a revisar, nos separamos de inmediato y escuchamos decir a su abuela:´
 -Deben ser Brenda y Sergio.
-¿Otra vez esos cabrones?-. exclamó su abuelo.
¿Acaso no eramos las únicas que se ocultaban un amorío inocente? Nos descubrieron tímidas bajo las lonas negras que con el rocío de una llovía anterior empezaban a causarme claustrofobia. Me despedí con un frío adiós, después de eso nos dejamos de frecuentar, dejamos de jugar y de tener ocho años.

Tiempo después volví a verla. Ambas ahora eramos distintas, ella  no muy alta, de tez morena y mucho más agraciada que cuando era niña. Me sorprendió ver cuánto me importaban ahora esas cosas. Me impresionó aun más su vientre abultado y la indiferencia con la que se volvió a mirarme. 
Salió de la tienda como si hubiera visto un fantasma, el fantasma de su primer beso. Su primer y tal vez único beso con una mujer. Ahora todo tenía la claridad y el pudor que se necesitaba para sentirnos incómodas una enfrente de la otra.

Jazmín, nunca volvió a dirigirme ni un hola y olvidó decirme un adiós. Supongo que así es como debe superarse al primer amor.





Dedicado a Fer y Sam. El primer amor es inolvidable. 

2 comentarios:

  1. Wow, simplemente wow. Sí, el primer amor es inolvidable, qué bonito que el verdadero amor sepa a Carlos V o a papas con queso.

    No sé, recordé algo que luego te platicaré.

    La pecas y la niña que no puede correr deben sentirse muy afortunadas.

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  2. Tengo impaciencia. Muchas gracias; a la niña pecosa le gustó, espero que a la que No puede Correr también.

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